¿Deben decidir los niñ@s cuándo, qué y cuánto comer?

Una de las cuestiones que provoca mayores y más graves tensiones entre padres-madres e hijos es la relativa a la ingesta de comida. Lejos de ser un tema en el que se confíe en la autorregulación de los niños, es un asunto en el que se les fuerza, se les regaña y se les presiona para que coman –cuando, lo que y la cantidad que- el adulto cree que su hij@ necesita.upload pictures

Resulta paradójico, pues en no pocas ocasiones, ese mismo adulto no es capaz de autorregularse y toma, o bien comida en exceso, o bien en cantidades ínfimas, o bien, elije una dieta con enormes carencias nutricionales.

Estoy convencida de que gran parte de la culpa de los desordenes alimenticios que observamos en nuestra sociedad está relacionada con el hecho de que la mayoría de las personas que hoy en día somos padres fuimos alimentados, de bebés, casi exclusivamente con leche de fórmula. Al no haber podido mamar a demanda, no aprendimos a reconocer lo que realmente es una sensación de saciedad sana. Además, al beber del biberón, el bebé no tiene que realizar tanto esfuerzo como al mamar, por lo que la leche le llega más deprisa y en más cantidad, lo que implica una regulación deficiente de la cantidad de leche necesaria en cada toma. Por otra parte, se sabe que la leche de fórmula, al ser un alimento más pesado y difícil de digerir, causa una mayor sensación de pesadez y hartazgo en el estómago, lo que conlleva que estos bebés no aprenden a regular de forma natural su ingesta de comida (de ahí los excesos o defectos y los problemas de peso en la edad adulta).

Mejor que yo, puede explicarlo la Dra. Miriam Labbok, Asesora Superior sobre alimentación y atención a los lactantes y los niños de corta edad del UNICEF):

“…el aparato digestivo del bebé tiene dificultades para absorber sustancias extrañas durante los primeros meses de vida. Basta con una ración de un sucedáneo de la leche materna u otro alimento para causar pequeñas laceraciones en el aparato digestivo que pueden demorar semanas en curarse. En el mejor de los casos, los sucedáneos afectan a las células vivas y las bacterias normales que habitan en el sistema digestivo y ayudan a la digestión. Además, el acto de amamantar en sí mismo estimula el crecimiento adecuado de la boca y la mandíbula, así como la secreción de hormonas que ayudan a la digestión y provocan sensación de saciedad.”.

Por otra parte, muchos adultos arrastramos carencias primarias (falta de apego, soledad, malos tratos, educaciones coercitivas …) y traumas que intentamos compensar acercándonos de forma poco sana a la comida. Ingerir nuestros alimentos favoritos puede activar la liberación de ß-endorfinas, neurotransmisores que estimulan la mejora de nuestro estado de ánimo y que producen, durante un breve espacio de tiempo, sensación de bienestar. Esta sensación, puede llegar a ser adictiva, con todas las consecuencias negativas que una adicción implica (una adicción de mayor gravedad, si cabe, pues para sobrevivir debemos alimentarnos).   Asimismo, elegir lo que y la cantidad que comemos, nos otorga, momentáneamente, el poder de decisión sobre nuestras vidas, algo que, de otra manera, le resulta imposible asumir a muchas personas debido a los patrones de sumisión que les dominan desde su infancia.

Existen mucha más causas para mantener una tensa relación con la comida (padres que pasaron necesidades y nos alimentaron de más, desequilibrios emocionales causados por pérdidas y/o rupturas, estrés, ansiedad…), la cuestión es que la génesis de todas ellas está relacionada con nuestra etapa primaria de bebés y niños y del cómo fue nuestro vínculo con esta parte fundamental de nuestras vidas que es la alimentación.

Si tenemos hijos y nos preocupa que no coman lo suficiente o que no se alimenten de manera adecuada, para evitar que establezcan una relación compleja con la comida, existe una sencilla máxima que podemos adoptar desde el mismo día de su nacimiento: “Él/ella decide y sabe cuándo, qué y cuánto necesita comer”.

Desde la etapa uterina, el feto comienza a beber líquido amniótico cuando lo desea o su instinto lo juzga necesario. Aunque el alimento le llega a través del cordón umbilical, ellos deciden cuando y cuanta cantidad de líquido desean tomar. Así pues, todos los bebés (o casi todos, no debemos descartar alguna patología que les impida cumplir esta función) aprenden rápidamente, tras su nacimiento, a reconocer la sensación de hambre y a cubrirla mamando a demanda. La lactancia a demanda es un mecanismo instintivo y natural que, además de proveer al bebé del alimento que necesita, le ayuda a reconocer lo que es una sensación de saciedad real, además de, a desarrollar su autoestima, su seguridad, su independencia y su capacidad de autorregulación. Sí, has leído bien, la independencia del bebé no se gesta haciéndole dormir solo o dejándole sin mimos y brazos (lo que es una barbaridad, pues esta falta de contacto con el cuerpo de su madre les impide cubrir hitos fisiológicos y psicoemocionales imprescindibles para su desarrollo). La independencia del bebé, comienza a desarrollarse de forma sana cuando los padres somos lo suficientemente respetuosos como para creer en su instinto y respetarle sus decisiones respecto a la ingesta de comida. El bebé debe mamar (o en su defecto tomar biberón) cuando lo pida y durante el tiempo que decida que es necesario. Sé que a veces es duro, pero no para ellos, sino para las mamás, que además de aprender a hacer oídos sordos a toda la cantidad de consejos absurdos que nos rodean, debemos superar nuestros propios egos heridos para dejarles la libertad de elección.

Pasados los primeros meses, además de la leche, el bebé comienza a demandar –cada uno a su ritmo- alimentos de nuevas formas, colores, olores y texturas (los sabores ya los conocen, primero a través del líquido amniótico y con posterioridad en la leche materna). Su curiosidad natural lleva a los bebés a oler, tocar, jugar, estrujar, chupar y por último, saborear todo, o casi todo, nuevo alimento que se ponga en su presencia. Estos alimentos, deben ser presentados en sus texturas originales, en pequeños trozos, sin salar y, por supuesto, sin estar pasados o triturados. Las papillas y los potitos no deberían ser considerados como alimentación complementaria normal, puesto que en muchas ocasiones, interfieren en la transición natural de mamar a comer al no tener el bebé que realizar ningún esfuerzo, con los músculos de la boca, con la mandíbula y con los dientes, para tragarlos. Por cierto, no está de más recordar aquí que el periodo normal de lactancia materna se sitúa entre los dos y los siete años de edad, lo que nos indica que la naturaleza ha previsto para el ser humano un periodo de transición entre tipos de comidas (del líquido a la combinación de sólidos y líquidos) bastante prolongado.

En esta primera etapa de aproximación a la comida sólida, resulta de vital importancia no poner ciertos alimentos al alcance de los niños hasta que su organismo esté preparado para asimilarlos (huevos, miel, mariscos, etc.).

Puesto que confiamos en la autorregulación de nuestros hijos, dejémosles que ellos, que conocen su cuerpo, sigan su instinto y decidan qué comer (presentándoles una variedad sana de alimentos no perjudiciales para su salud), cuánto comer y, algo muy difícil para muchos padres ¡cuándo comer!. Los bebés y los niños pequeños y mayores, no tienen hambre al mismo tiempo que nosotros, imponerles un horario estricto basado en nuestras propias necesidades puede llegar a ser perjudicial para ellos. No debe ser motivo de preocupación esta disparidad horaria, con el tiempo, a medida que crezcan, los niños tienden a adecuar su ingesta de comida a la de sus padres.

Comer, dormir, andar, liberar esfínteres son acciones que nuestros hijos aprenden a realizar solos, siguiendo su instinto y su naturaleza evolutiva. Los padres, con nuestro ejemplo, mostramos nuestras elecciones en materia de alimentación, sueño, etc., pero, lo que juzgamos válido para nosotros, no tiene porqué ser forzosamente bueno para nuestros hijos ni física, ni emocionalmente.

Los adultos debemos aprender a ser flexibles y sensibles a los deseos de nuestros hijos. Si tenemos dificultad para otorgarles esa libertad personal, en nuestras manos está buscar solución a nuestras limitaciones.

Dejémosles a nuestros hijos comer cuándo, cuánto y lo que necesitan, incluso, aunque nos pidan alimentos que, por convicciones personales, no tomemos. Esta libertad de elección no sólo redundará en su salud física (menos obesidad, mayor energía, menos enfermedades), sino que también será muy favorable para su autoestima y su salud mental. Aprender a decidir por uno mismo nos hace independientes, si deciden por nosotros hasta lo que tenemos que comer, nos vuelve sumisos, enfermizos e indolentes.

Os dejamos aquí una pequeña lista de sugerencias relacionadas con nuestros hijos y la comida:

-No fuerces a tu hij@ a comer si no le apetece -Déjale que coma la cantidad que él/ella desee.

-Déjale que coma cuando lo necesite, aunque te parezca una hora absurda, él/ella necesita alimento en ese momento. Con el tiempo ya verás cómo sus y vuestros horarios acaban coordinándose.

-No le pongas platos gigantes que ni tú mismo comerías, su estómago es mucho más pequeño y, si le haces comer de más, esto le puede causar problemas más adelante.

-Como muestra de respeto, déjale que coma de todo, aunque algunos alimentos no los tomes tú por convicciones personales. Ellos deben decidir por sí mismos lo que quieran o no quieran comer.

-Muéstrales, con tu ejemplo, unos hábitos saludables (dieta nutritiva y variada, frutas, verduras, cereales, frutos secos, etc.).

-Si te piden mucho de un mismo alimento, dáselo. Por instinto, los niños conocen las carencias nutricionales de su cuerpo y buscan en los alimentos las sustancias que necesitan (como hacen las embarazadas con los antojos, o los adultos que son conscientes y escuchan a su cuerpo).

-Si no les gusta un alimento, no les fuerces a tomarlo.

-No utilices la alimentación como moneda de cambio (premios, castigos), esto puede ser muy nocivo para los niños.

-Invítales a cocinar contigo, es una manera muy buena de aproximarles a la comida.

-Intenta que las comidas sean momentos libres de tensión.

visto en http://www.mentelibre.es/?p=1579

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