Libertari@s dentro del sistema

La educación es la garante de la reproducción de valores, de normas, de las relaciones entre los seres humanos. Es la correa de transmisión de nuestras sociedades, que funcionan con un sistema jerárquico y, por ese mismo hecho, son autoritarias.

Así, en las instituciones de enseñanza y de formación, la educación tiene una finalidad adaptativa, preparando a los individuos para aceptar el contexto social e incluso para reformar las bases del proceso de interiorización de los principios que rigen el orden social. De este modo, los individuos van a contribuir a perpetuar este sistema con sus prácticas. La socialización opera, pues, por la vía de la educación. “El orden por el poder” es aceptado y se convierte en doxa. Así estamos preparados para entrar en la fila, por nuestro bien, nos dicen, para integrarnos.

La reproducción social, por la vías institucionales, ha sido demostrada desde hace tiempo en numerosos trabajos de sociología de la educación llevados a cabo entre otros por Bourdieu y Passeron, por Baudelot y por Establet (1). Las investigaciones en este terreno destacan sobre todo la segregación social, la reproducción de las desigualdades en el acceso al conocimiento.

Los anarquistas han criticado desde siempre, e incluso condenado, esos dispositivos académicos, conscientes de sus efectos de “formateo”. Nosotros, que pensamos que la educación, por el contrario, debe tender a “formarse” más que a “ser formado”, la vemos como la adquisición de saberes que serán las armas intelectuales de la emancipación. Incitar a la reflexión, al análisis, es apoyar el pensamiento y suscitar el deseo de actuar para transformar una sociedad en la que las personas son dominadas y explotadas.

Sabemos que es posible otra educación, una educación que contribuya, por el contrario, a la muestra clara de las evidencias, al análisis de los retos en las relaciones de poder, y por tanto a la comprensión de nuestra propia situación en la sociedad. Como anunciaba Fernand Pelloutier, no puede arrojar sobre “la ciencia nuestro propio malestar”.

Esta “ciencia” suscita interrogantes que conducen a entrever, a concebir, otros posibles escenarios para una sociedad diferente. Puede permitir a los individuos construirse, con la voluntad de no ser simples espectadores y no verse reducidos a meros ejecutores. En este sentido, la educación puede ser vectora de transformaciones sociales, de la evolución social, de la revolución social.

La educación basada en un estado de ánimo libertario, a través de las diferentes inclinaciones pedagógicas, por sus mismos principios y prácticas, responde a una ambición que debería ser la de todo educador: favorecer la autonomía.

Sin duda, la educación aspira al desarrollo del anarquismo por medio de individuos capaces de analizar el orden establecido y proponer otro modo de vida conjunta, exenta de las relaciones de dominación, basada en la igualdad y el apoyo mutuo. Sin embargo, no se trata de modelar a los individuos para que se hagan anarquistas, lo que sería totalmente contrario al objetivo de independencia. La finalidad es que los individuos se erijan como seres que tienden a la libertad de pensamiento y de acción.

Para un educador -libertario- el saber es visto sobre todo como emancipador. Es un factor de concienciación. Por medio del saber, comprendemos mejor nuestro entorno económico, social, el contexto político, los desafíos internacionales… El saber es un arma defensiva y ofensiva.

Por tanto, para un libertario educador, ejercer en las instituciones convencionales puede parecer contradictorio con sus ideales. Evidentemente, la situación no es cómoda, y nos vemos inundados de dudas y de malestar. La mayor parte de los trabajadores libertarios tienen ese dilema: volver a cuestionar la sociedad formando parte de ella y participando.

Desarrollamos prácticas educativas en ruptura con la más corriente: la clase magistral, que coloca al alumno en una posición de receptor y no de actor. Incluso en el caso de pedagogos considerados activos que hayan establecido algunas evoluciones.

Ahora, debido a nuestra postura, tratamos de situar al alumno como sujeto, evitando toda actitud de superioridad. De este modo es posible favorecer la conciencia, el interés, la curiosidad por la responsabilidad, la participación, el trabajo cooperativo, la investigación. Podemos tomar la dirección libertaria, es decir, favorecer la concepción, la construcción de la pedagogía con o por los propios alumnos. Podemos incluso ampliar, por iniciativa de ellos, los contenidos imprescindibles y obligatorios.

Nuestra relación con los alumnos se basa en el intercambio, en un verdadero diálogo colectivo e individual. Tratamos sobre todo de ser más facilitadores que transmisores. Pero transmitir conocimientos es indispensable para dar a los alumnos bases, aclaraciones, referencias. Eso no implica que ellos sean pasivos. Estar a la escucha es actuar, movilizar sus capacidades intelectuales. A nosotros nos corresponde estimular los cuestionamientos, las tomas de palabra.

Nos inscribimos en la filiación de las pedagogías calificadas de libertarias, portadoras de un humanismo anarquista que les es intrínseco, que implica una concepción de educación por la libertad, rechazando que el saber sea un poder y tratando de despertar la voluntad de comprometerse en la sociedad (entre otras, por medio del apoyo mutuo). Todas estas pedagogías ponen por delante una educación integral a la vez intelectual y manual, que permita actuar de manera autónoma. Todas preconizan el aprendizaje por medio de la experiencia, el tanteo, los ensayos y los errores (2).

Todo educador debería preguntarse cómo favorecer la autonomía, proponiendo un marco para la apropiación de los conocimientos, para la experimentación. El libertario se encuentra, más que cualquier otro, enfrentado a lo que puede parecer contradictorio: la asociación de los términos “educación” y “libertad”, con la conciencia de que educar supone un paso en relación con su proyecto educativo.

Además, la no-dirección en sentido estricto promovida por algunos pedagogos para favorecer la “conquista de la libertad”, es cuestionable. No se trata de inscribirse en un laisser-faire que podría ser inquietante, incluso angustioso. Los niños, los adolescentes, necesitan enfrentarse a “límites” para aprender a vivir con los demás, para soportar la frustración, para poder diferir sus necesidades, sus deseos, para poderse proyectar. Así, el antiautoritarismo no se confunde con la ausencia de la autoridad necesaria en los niños para un aprendizaje progresivo del uso de la libertad.

Además, la adquisición de conocimientos, de métodos de trabajo, la reflexión, el análisis, solo son posibles en algunas condiciones: las consignas, las reglas, son a menudo las garantes. El antiautoritarismo no debe ser asimilado a la ausencia desestabilizante de un marco que pueda reenviarnos a un sentimiento de vacío.

Un educador libertario vigila para que ese marco sea, en la medida de lo posible, elaborado con los alumnos, e incluso por ellos solos. No obstante, posee competencias para proponer etapas de aprendizaje en asuntos en los que tiene conocimientos para compartir.

Su antiautoritarismo le conduce a explicar, a estar a la escucha de los alumnos, a evaluar su pedagogía a través de sus reacciones, tomando en consideración sus comentarios. Da preferencia a las proposiciones o modificaciones surgidas de una reflexión colectiva para volver a ver los contenidos y modalidades de aprendizaje. Acepta que su saber sea cuestionado.

Para concluir, ser educador y libertario es inspirarse en las pedagogías practicadas por los libertarios (William Godwin, Paul Robin, Sébastien Faure, Francisco Ferrer), pero también por Célestin Freinet, que tanto insistió en la noción del centro de interés y el trabajo cooperativo. Es también aprovechar las ideas de la pedagogía institucional, que incita a los alumnos a ser actores de su aprendizaje y los lleva, progresivamente, a responsabilizarse de la vida de la clase.

Todos estos planteamientos tienen puntos en común y se influyen entre sí. Ponen el acento sobre la autoconstrucción del individuo más que sobre los conocimientos como tales. Por eso las relaciones, los intercambios, en resumen la vida de la clase, de la promoción o del grupo, son considerados ejes de la educación no despreciables. Así, ser educador y libertario significa proponer espacios, tiempos y dispositivos para iniciarse en la autoformación, la responsabilización, la toma de decisiones, la cooperación y el mutualismo. En resumen, es permitir experimentar la autogestión. Para un educador, es situarse como un ayudante, como un acompañante que permita la utilización de todos los recursos de los que disponen los alumnos.

Dejando un máximo de margen de maniobra a los alumnos, chocaremos a menudo con nuestros compañeros y la dirección. Pero sobre todo escogemos la incomodidad, la duda, la crítica a nuestras intervenciones con el fin de inscribirnos en una actuación libertaria en el seno de una sociedad que preconiza el autoritarismo y la represión.

http://www.portaloaca.com/articulos/opinion/3107-ser-educador-y-libertario.html

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